jueves, 1 de diciembre de 2011

Doggers


Siempre quise hacer uso de los espacios públicos, como medio de reemplazar al trillado y follado motel. Pero no hacer uso de estos, como sitio de frotaciones, ni de manos o dedos penetrantes, yo quería rasgar tu ropa y relamer en cada mordida tu cuerpo, hasta que algún rincón del cemento fuera testigo y soporte de nuestro equilibrio. 


Llegó el día, el alcohol jugó un papel ideal para deshinibirnos incluso las risas fueron las que luego al apoyar mi cara en ese frío kiosco, fue reemplazada por un gemido sudado y marcado por mi respiración entre tus dedos: No grites me decías, mientras la falda que usaba estaba sobre mi cintura, espacio que fue ocupado por tu pelvis en contra de mi piel.

El kiosco ya no estaba frío, de pronto se comenzó a hervir no sé si estaba en armonía con lo que hervía debajo de mi falda, lo hicimos una y otra vez. Sabíamos que nos estaban mirando, a pesar de que a esa hora solo los perros callejeros marcaban los pasos que a lo lejos se podían oir. Yo sé que nos miraban, o quizás eso era lo que me mantenía con la adrenalina necesaria para continuar con nuestra fantasía. 

Hierve, hierve, hierve, tus manos, mis quejidos, penetrante sonido, penetrante contraste, vaivén interminable... La respiración se agitó, estábamos en línea recta dentro de la competencia... ¿quién cedía primero?... Cedimos juntos, ya no podía sostenerme ni seguir apoyada ante ese horno que en algún momento fue frío, mientras tú estabas ante mi espalda sosteniendo mi cintura... Llegamos, la falda volvió a su sitio, nos besamos, continuaron las risas y una ventana se cerró en el segundo o quizás tercer piso del edificio que estaba a la derecha de ese kiosco. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario