Noche verano en Santiago, la temperatura es igual a la de un día primaveral con el resultado agradable de caminar con ropa ligera fuera de casa y dentro también.

Me encontraba buscando en qué matar mi tiempo, el ocio que conlleva la época (vacaciones) previo a la espera de un viaje resulta bastante tedioso y algo circular, cayendo en el rutinario día que comienza tarde y se termina tarde.
Por esas casualidades, recibí el llamado de una amiga que estaba en la misma condición que yo. Decidimos juntarnos a matar las horas de la noche en algún happy hour de la ciudad. Mi deseo era claro esa noche: Hacerla especial y distinta.
Ya nos encontrábamos en el bar, bastante iluminado para preciarse de tal nombre así que por fotofobia nos instalamos en las frescas mesas de la terraza. La intención de mi amiga, definitivamente era esa noche gemir y abrazar con sus piernas el cuello de algún atractivo candidato. Una idea nada de mala si se trata de hacer de una noche algo especial.
Me senté ordené, crucé mis piernas y miré alrededor tal cual lo hace un león en busca de su presa, es cierto es una idea primitiva y salvaje ¿Pero quién no lo es a la hora del sexo?
Listo, punto fijo mi amiga igual. Procedimos el coqueteo, la sopa estaba en la olla y hacía falta una cuchara para revolver los grumos. Con la sutileza necesaria, nos hicimos notar. Muchachos que se acercan a la mesa. Conversación. Risas. Coqueteos. Miradas selectivas. Mutación de conversación grupal a individual.
El tipo era foráneo, simpático y con unas piernas abultadas que mantenían mi atención alta. No quise ahondar en temas superfluos como lo es preguntar la edad, estudios o incluso su procedencia. Pasamos directo a temas profundos que con suerte nos permitieron decir nuestros nombres.
Mi amiga abandonó el bar, y yo me quedé con la compañía elegida.
Jugamos por un momento al inocente, me levanté al baño y con ello su mirada me siguió por cada movimiento que hice, volví y decidimos salir de ahí en rumbo desconocido.
Rápido. Simple.
Para dar un motor de acción al salir del bar nos besamos en un beso que depositó mi mano en su entrepierna y la de él en la mía; mientras para acompañar nuestros labios vaciaban un puente de lenguas y labios almidonados.
Me dio la mano, corrimos cual adolescentes al salir de la escuela. Subimos a un taxi y me dijo: VOy donde quieras.
Este es rápido, dije.
Recordaba la dirección de un cuchitril cerca del lugar y partimos, en el taxi mantuvimos la creación del preámbulo absoluto bajo un beso desmedido, sus dedos apretando mis pezones y los míos presionando el cierre de su pantalón.
Llegamos.
Entramos.
Apresuradamente nos sacamos la ropa, el reía y me decía palabras en no español (no pienso revelar el idioma), había energía, él era eso. Súbitamente, fui atada con sus brazos a permanecer con el torso entregado y dispuesta a recibir lo que él tenía dispuesto para mi.
Lengua, pezones, vaivén de mis caderas hacia las suyas, su cuello bajo la absoluta salivación de mi boca y dientes, ya era parte de mi deseo vampiresco por moverme el sitio de succión.
Tomé fuerzas, me solté de sus brazos y tomé el control. En una bocanada de aire provoqué que ya no pudiera soportar más el deseo y accedí a mirarlo de frente, el quiso tomar el rol por ese momento y comenzó.
Penetración.
Sexo.
Pulsaciones.
Agua.
Lubricación.
Frecuencia acelerada.
Miradas.
Apreté las paredes de mi vagina con tanta fuerza que él se deshizo sobre mi, le mostré que acá las cosas son mirándose, sintiéndose. Elongué mis piernas, mientras se arodillaba en paralelo para besarlas y no dejar de lado la penetración.
Presión.
Acelerados.
Meseta.
Orgasmo.
Gemidos.
Risas.
Besos.
Besos.
Besos.
Pechos bañados.
Besos.
Nos probamos.
Dedos.
Besos.
Me dijo su edad (era menor que yo), me vestí, lo besé por última vez y le mandé un mensaje a mi amiga: ¿Cómo estás?
Saliendo del motel, respondió.
Misión cumplida.
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