La perspectiva de la vida en la ciudad que poseía, estaba centrada en admirar el estuco mal terminado de una pared color cobre, contrastada con las manchas del cemento. Siendo como única distracción y diversión el observar pareidolias de las más diversas expresiones; desde dragones y elefantes, hasta ojos hilarantes o melancólicos.
Eran esos últimos, los que evitaba detenerse a percibir... En ese momento había que cerrar las cortinas y refugiarse en la luz tenue que inundaba su espacio. No era un gran espacio, pero tenía todo lo necesario para ser su refugio en la ciudad. Allí lograba cobijarse de los rugidos mecánicos de los autos, o la marchas incesantes de tacos y zapatos que pisaban enérgicos el asfalto agrietado.
Nunca quiso sentirse parte de esa realidad, a pesar de que estaba inmersa en ella, adentro. Pero a la vez ausente, latente, omnipresente. Conocía muy bien cada rincón, sonido y atmósfera de la metrópolis, nunca pude escuchar una mejor descripción de las paredes que cubren la ciudad como la de ella, recuerdo que las nombraba como "cortinas transparentes y oscuras"... O el sinónimo con el que denominaba a tren subterráneo o "lombrices eléctricas".
Si bien es cierto, tenía su refugio con una vista llena de vistas, con un interior acogedor con una atmósfera de camaradería de barrio sesentero... Éste lugar no era realmente su nido, al contrario el hábitat que ella muy bien conocía y cuidaba era el de la tierra de concreto; el de las lombrices eléctricas; el de las sinfonías toyotas; el de las luciérnagas de neón. Lo amaba, lo sentía, era su esencia...
Es por eso que ahora, a pesar de tener unos enormes ojos está ciega ante la inmensidad del mar que se posa ante sus ojos, quiere correr y escapar a la solidez de su ciudad, de esa que muchos e incluso yo detesto.

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